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Ayudar a nuestros hijos frente a las drogas

Cuando la firmeza rima con amor

El miedo paraliza a muchos padres que no se atreven a ver la verdad que tienen delante. Sin embargo, para liberarse de la droga, nuestros hijos necesitan nuestra fuerza. Así pues, este combate empieza cuando nos cuestionamos a nosotros mismos.

Aceptar la verdad

Los chicos que caen en la droga no son conscientes de que están destruyendo. Muchos padres, por orgullo, intentan ignorar los peligros. Si aceptaran verlos, tendrían que aceptar también sus fallos y su incapacidad. Ellos saben lo que ha originado el sufrimiento de su hijo y se sienten culpables. En vez de hablar, prefieren no ver.

La fe, antídoto del miedo

Para llevar a cabo nuestra misión al lado de enfermos, como los drogadictos, es necesario que tomemos conciencia de la fuerza que existe en nuestro interior.

El miedo hace que nos sentamos frágiles, vulnerables, impotentes, incapaces... El miedo engendra más miedo. Si tenemos miedo, se lo comunicamos a nuestros hijos. Está muy claro. Debemos aprender a eliminar la palabra miedo de nuestro vocabulario habitual. Debemos adoptar una actitud digna y saber que el cuerpo humano no es cualquier cosa, sino que posee una fuerza interior que juega un papel primordial en todo... en todos los valores de nuestra vida, en nuestros actos y decisiones, en los planos social y familiar... Debemos aprender a no tener miedo nunca más, en ninguna circunstancia de la vida y a comprender lo qué es la fe. La fe es la certeza de que Dios nos habita. Si sabemos que Él está en nuestro interior, ya no tendremos motivo alguno para temerle a nada."

Yvonne Trubert

Algunos saben que sus hijos empezaron a consumir drogas con 12 años. Les han permitido que lo hiciesen: “¡Eso no es grave, si es como fumarse un cigarrillo! ¡Ya lo dejarán en su momento!” Confiamos en que las cosas cambiarán cuando, en realidad, ellos ya están metidos en el engranaje de la dependencia. Esperar es una cobardía, una falta de amor. Por cobardía, algunos llegan incluso a darles dinero para que compren drogas. “Para que no roben.” Pero roban igual. Otros prefieren mentirse a sí mismos, aunque la única salida sea mirar la verdad que tenemos delante. Para salir de la droga, un chico necesita la ayuda de su entorno familiar.

Tener la honestidad de interrogarse a uno mismo

La curación de un niño depende de la honestidad de sus padres. Cuando uno es honesto consigo mismo, conoce sus propios fallos y sus defectos. Y entonces, entiende mejor porque ese joven ha caído en todo eso. Si somos incapaces de ver nuestros errores, no podremos pretender ver los errores de nuestros hijos y ayudarles a que se curen. Nuestros hijos lo sienten todo. Debemos ser conscientes de que cada unos de nuestros pensamientos, cada uno de nuestros gestos tienen una importancia capital para el otro. Sobre todo para los niños.

Debemos cuestionarnos: ¿Qué es lo que nos ha motivado a tener hijos? ¿Qué representa el hogar para nosotros? Debemos comprender nuestras responsabilidades con respecto al niño, a la familia y a nosotros mismos.

El valor de hablar claro

El entorno puede ayudar si conoce el origen del mal. Hay que tener el valor de hablar y de coger al niño cara a cara. Preguntarle qué le pasa. Hablar una o dos horas, o irse unos días para hablar si fuese necesario. Es capital que el muchacho se exprese y que suelte todo lo que tiene que decir. Puede que tenga una forma de ver la vida muy diferente a la nuestra. Hemos visto chicos jóvenes que se drogaban porque sus padres querían que cursaran determinados estudios.

El origen: la falta de confianza

Por regla general, el muchacho que se droga padece una falta de confianza en sí mismo. Necesita sentirse amado por el mismo. Entre los drogadictos es frecuente encontrar a chicos y chicas con un mismo perfil: un ser hipersensible, muy emotivo, introvertido y de gran fragilidad. Incapaz de vivir lo que tiene que vivir, que huye de sus propias debilidades, de sus propias limitaciones, de sus propias fuerzas. Son muy pocos los seres humanos que poseen una confianza innata en ellos mismos. Desde la primera infancia, la educación recibida entra en conflicto con la propia voluntad. Se le dice: “No eres lo suficientemente mayor, ni lo suficientemente inteligente, no lo lograrás, te comportas mal, comes mal”. Y así se provoca en el niño un sinfín de negaciones en su comportamiento. A los diez o doce años, el niño deseará demostrar que él es capaz de hacer las cosas, pero como no encuentra otros medios, entrará en un sistema de autodestrucción.

Aprender de nuevo a ser verdaderos padres

El amor a los hijos no consiste únicamente en procurarles un techo, comida y vestido. El amor total nos lleva a actuar con firmeza, en cada momento. El drogadicto calibra constantemente la debilidad de los demás para que desistan en su empeño. Haciendo uso de una inteligencia notable, los pone a prueba para descubrir sus fallos. La firmeza, es querer el bien del otro por encima de todo. Si nuestro hijo flirtea con la muerte en permanencia, actuaremos para que este comportamiento cese de una vez por todas. Así pues, algunos padres toman la decisión de encerrarse con su hijo o con su hija durante ocho días para que no tenga acceso a las drogas. Si ellos son capaces de padecer lo que el hijo está padeciendo, éste lo comprenderá. Naturalmente, éste caso concreto no es más que un ejemplo, cada situación es diferente, cada identidad es única. Sin embargo, existen unos puntos comunes: cuando un niño siente la fuerza, se siente vigorizado. Él se alimenta de la fuerza... y ésta, a su vez, se nutre de la fe.

Este artículo aborda la actitud positiva de los padres. No obstante, la asistencia médica resulta indispensable para el seguimiento clínico de la drogodependencia.