Atreverse a amar

Amar, ser amado

El amor no se mide ni se pesa, no se puede cuantificar. En realidad, no sabemos lo qué es el amor. Lo ignoramos. Lo dejamos en manos de los especialistas: de los artistas, los poetas, los idealistas. Y no vemos lo más importante de nuestras vidas.

Ocultamos nuestras emociones

Todos somos capaces de amar. Pero para amar a los demás, tenemos que amarnos a nosotros mismos. Y para amarnos a nosotros mismos, debemos sentir el amor de Dios. No podemos sentir Su amor cuando somos víctimas de nuestros pensamientos y nos cerramos a los demás. De generación en generación, se nos ha impedido expresar nuestros sentimientos, nuestras alegrías, nuestras tristezas, nuestras emociones; se nos ha impedido demostrar quiénes somos. El amor es un estado del ser. Es la expresión de nuestra alma, de nuestra esencia divina.

El amor os puede transponer

"El amor no se puede tocar, no se puede arrebatar... no se compra, ni se vende. Y todos los metales preciosos del mundo juntos, no tienen ningún valor si los comparamos con él. Tened conciencia que poseéis el mayor tesoro del mundo y dejad que os guíe, en verdad sólo así conoceréis lo que es el amor.

Fijaos en los Apóstoles cuando estaban cerca de Cristo, al igual que todos los que Le seguían: el tiempo no pasaba para ellos y la noche no caía. Ellos estaban ahí, permanecían junto a Él, no se querían ir. Les cautivaba no solamente su palabra sino también el amor que emanaba de Él. Su palabra era amor. El amor que emana de un ser nos puede transformar, transportar, fortalecernos. Dios es amor, eso significa que toda la creación está hecha a partir del amor.

El amor no puede existir en un estado estático. Es una energía que no forma parte de la materia, no es parte del mundo vegetal, mineral ni animal. Es mucho más, puesto que el amor es creador. El amor no es creado."

Yvonne Trubert

Y no obstante...

No obstante, cuando amamos, somos capaces de conocer ese estado tan particular. Vivimos esos instantes, que solamente duran unas fracciones de segundo, cuando el mundo ya no existe, cuando ya nada nos pertenece, cuando estamos en conexión absoluta con otro mundo. Luego volvemos a caer, nuestro mental crea una neblina, nos sentimos pequeños, aplastados, juzgados, calibrados, inquietos, culpabilizados. Así pues, nos protegemos a nuestra vez por medio de juicios, de análisis, seleccionando, clasificando... Nos encerramos. Justo cuando lo único que deberíamos hacer es ponerlo todo en manos de Dios.

Dejémonos amar

Solemos representar a Dios como un personaje. Él es sobre todo luz, energía en estado puro, amor. Dios es amor. El amor, es Dios. A través de este amor podremos alcanzar la serenidad, la paz interior. Para hacerle un sitio en nuestro interior, es necesario que rompamos con el sistema mental, olvidar lo que poseemos, lo que sabemos. Debemos dejarnos guiar por la ley del corazón. No es una cuestión de voluntad. Si así fuese, el resultado sería falsos pretextos, hipocresía, superficialidad. Hay que abandonarse a Él, a su amor. Él no nos juzga. Está en nosotros. Nos ama sin límites. Dejémonos amar para que nosotros también podamos amar sin restricciones.