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Testimonio > Perder a un hijo

De la desesperacción a la vuelta a la vida

Michèle perdió a su hijo de siete años en un accidente de tráfico. Comparte con nosotros su experiencia de la vuelta a la vida después de pasar años viviendo la desesperación de esta separación.


En el momento del accidente, yo conducía con mis tres hijos en el coche en la autopista en dirección a Nimes. Dos de mis hijos y yo misma nos despertamos en el hospital con algunas heridas leves. H. había muerto en el acto. En mi interior yo había muerto con él, arrancados mi corazón y mis tripas. Pensaba en suicidarme para que parara este sufrimiento de cada instante. Primero me tomé un ansiolítico lo que me ayudó a franquear esta etapa atroz. Pero en cuanto dejaba de surtir efecto el medicamento, el dolor volvía, igual de fuerte. Pensé que tomaría medicamentos toda mi vida si no afrontaba mi sufrimiento. Tenía a mi alrededor otros seres muy queridos por los cuales tenía que luchar: mi marido y mis otros dos hijos.

Una sensación de eternidad

La pintura y los consejos que me prodigaron a menudo unas personas de Invitación a la vida fueron los puntos de apoyo que me volvieron a traer muy progresivamente hacia la vida. Iba a unas clases de pintura que me obligué a continuar después del accidente. Cuando mezclaba los distintos colores en la paleta, de pronto sólo pensaba en esta mezcla y el sufrimiento me soltaba unos segundos. Esta actividad tan sencilla permitía a la vida recuperar un poco de terreno.

Día tras día la vida se volvió a anclar en mí, e incluso la alegría de vivir.

Eran momentos privilegiados de paz, fuera del tiempo y del espacio, en los que yo me sentía muy cercana a mi hijo, sin por ello desconectarme de mi vida cotidiana que no tenía más remedio que asumir. Tenía una sensación de eternidad, universalidad, estaba allá y más allá .. Día tras día la vida se volvió a anclar en mí, e incluso la alegría de vivir.

La herida está allí, la vida también

Tenía la suerte de ser una persona creyente, de creer en una vida después de la muerte, pero naturalmente este acontecimiento me puso en un estado terrible de duda y de rebeldía contra Dios. Con la vuelta a la calma, fruto del tiempo, de las oraciones y de las armonizaciones, pasaron los años y conseguí aceptar que era su camino morir tan joven y que le hubiera llegado la hora tan pronto. Estoy muy agradecida por haber conocido a este niño tan maravilloso que compartió mi vida durante siete años. Pero periódicamente me atraviesan periodos de duda que perturban mi fe. Es un sufrimiento del que uno no puede curar. Sin embargo emprendí a vivir con este dolor sordo que siempre está, y al mismo tiempo con alegría: soy una persona entusiasta, con multitud de proyectos – Conduzco de nuevo mi coche y realizo trayectos con mis hijos … La herida está allí, la vida también. No temo la vejez ni la muerte ya que cada día que pasa me acerca a el.

Una puerta abierta a la compasión

Necesito hablar de el a menudo, pero de forma liviana, aunque sean sólo unos minutos… Está ahí. Soy más bien cartesiana, pero siento de forma extraña que el ha crecido con mis otros hijos. Tengo la suerte de tener a unos amigos dispuestos a escucharme cuando quiero hablar de el.

Gracias a este sufrimiento que he vivido, puedo ayudar sin miedo a la gente que atraviesa grandes dificultades: mi hijo me abre muy grandes las puertas para comprender y apaciguar otros sufrimientos.