Familia

Educar a sus hijos es educarse a sí mismo

¿Cómo podemos llevar a nuestros hijos a buen puerto, hacia una vida adulta plena y a la vez hacer perdurar y evolucionar el amor que te une a tu cónyuge? Juliette, madre de una familia de cinco hijos de edades comprendidas entre los 11 y los 25, comparte con nosotros su camino por este aprendizaje de la vida familiar. Para ella, criar y educar a sus hijos implica imperativamente su propia evolución.

Cuando me casé a los veinte años, estaba llena de esperanza sobre lo que la vida me podía deparar, pero no estaba en absoluto estructurada para asumir una vida de familia. Mis ideales excedían a mis capacidades humanas y tenían poco que ver con las presiones de la realidad cotidiana. No conseguía administrar los excesos que, a menudo, caracterizan a la juventud. Esperamos mucho del amor pero, en realidad, uno no suele dar lo necesario para hacerlo fructificar. Y la esperanza termina desapareciendo si no tienes a tu lado, una persona adulta que te quiera, te guíe y te transmita su experiencia.

En mitad de estas dificultades, nació mi primer hijo. Luego, conocí Invitación a la Vida en donde encontré el deseo de estructurarme y la esperanza de poder conseguirlo, con la ayuda de Dios. En mi vida familiar, la fe que aprendemos a desarrollar en IVI me aportó, en primer lugar, una gran apertura hacia los niños: la capacidad de querer tenerlos y acogerlos. Hasta ese momento, consideraba que el mundo no era lo suficientemente hermoso para recibirles, pero creo que más bien se trataba de puro egoísmo y que no tenía ningunas ganas de que me molestasen: educar a unos hijos, conlleva darles mucho, desarrollar una paciencia ilimitada, escucharles y ser tolerantes para poder conocerles y conocerse a uno mismo. En mi opinión, uno no puede construir a sus propios hijos si no se construye a sí mismo, y todo ello exige un esfuerzo constante.

No reproducir lo que yo he vivido

Cuando criamos a nuestros hijos, lo más difícil es superar las deficiencias de la propia infancia para no reproducirlas. Es muy difícil darles una enseñanza que uno no ha recibido. Durante mucho tiempo, fui laxista en cuanto a los resultados escolares de mis hijos porque a mí nunca me habían presionado para estudiar. Después, gracias al trabajo de transformación que hacemos en IVI, tomé conciencia del esquema de comportamiento que había heredado de mi infancia. Aunque la escuela no es perfecta, el trabajo que los niños tienen que hacer en ella es muy estructurante y despierta su curiosidad: esto es esencial.

Sigo pecando por miedo a hacer las cosas mal, habitada todavía por ciertas carencias. Pero me digo a mí misma que nunca es demasiado tarde, sin culpabilizarme y manteniéndome humilde ante mis imperfecciones. Me alivia mucho saber que puedo confiarle mis hijos a Dios, Él sabrá protegerlos. Cada día, les doy todo el amor que soy capaz, y pongo en las manos de Dios el mañana.

Mirando el mundo con esperanza

Indudablemente, un aspecto esencial que IVI me ha aportado en mi vida familiar es mirar al mundo con esperanza: vivimos en un mundo difícil pero consigo inscribir en mí misma e intento insuflar en mis hijos que todo es posible, que tienen las puertas abiertas, que el paro no es ineluctable... Cada uno puede encontrar su sitio y su camino si se alberga un estado de espíritu de esperanza. Naturalmente, hay que luchar. En la actualidad, mi hijo mayor está en el paro: veo con claridad que los obstáculos que tiene que afrontar le están estructurando, le aportan una flexibilidad y una humildad que antes no tenía. Al igual que muchos otros jóvenes de mi entorno, él era muy exigente con respecto al puesto de trabajo que deseaba ocupar en el futuro, pero no se esforzaba demasiado. Los rechazos que ha tenido que afrontar, le han obligado a presentarse de una forma distinta, a profundizar sobre que desea realmente. Veo el lado positivo de estos fracasos y logramos hablar sobre todo ello juntos.

Comunicar: olvidarse de uno mismo e invitar al otro

En realidad, yo era una persona poco habladora, pero comprendí la importancia de la comunicación verbal sobre todo al observar, cómo funcionan unas personas de mi grupo de oración, todas ellas muy distintas a mí. No compartimos el grupo con amigos a los que hemos elegido, pero las grandes diferencias que existen entre nosotros son las que nos hacen evolucionar. Aprendí a comunicar con mis hijos, a hacerles preguntas para hacerles reflexionar. Hay que olvidarse de uno mismo e invitar al otro. No es fácil si uno nunca lo ha aprendido y no se le da de forma natural.

Los límites constructivos

La verdad es que avanzo muy lentamente por el camino de la firmeza: no soy lo suficientemente firme con mis hijos, soy consciente de ello y me cuesta mucho cambiar este comportamiento. He observado que mi hijo mayor es mucho más firme que yo con sus dos hermanos pequeños, de 11 años: después de comer, les pide que pongan sus platos en el lavavajillas. Si protestan, no abandona como lo hago yo, sino que les pide además que pongan los cuchillos, los vasos, los tenedores.... Se mantiene firme hasta el final, yo renuncio a mitad de camino... Los niños refunfuñan pero a él no le importa y al final los pequeños aceptan.

Transmisión y libertad

A través de la fe, intento darles a mis hijos todo el amor que soy capaz y eliminar todo aquello que pudiera obstaculizarlo. Lo hago lo mejor que puedo, ¡con muchos fallos! Luego, cada uno es libre de vivir su vida como crea conveniente. De mis cinco hijos, sólo uno de ellos es miembro de un grupo de oración de Invitación a la vida.

Para un corazón fiel ... no hay nada imposible

El trabajo de transformación que he hecho en IVI también ha repercutido en mi vida de pareja. He tardado mucho en comprender que la fidelidad es esencial: la vida de una pareja sólo empieza a partir del momento en que se es fiel el uno al otro. Solamente entonces, uno se compromete verdaderamente; estar en la misma onda, hace que la pareja pueda evolucionar. El no querer ver significa engañarse. Yo creo que la fidelidad entre el hombre y la mujer es necesaria para estructurar a los hijos. Sin ella, la unión familiar no es posible. Ello es contrario a la tendencia del mundo actual, donde se lleva tanto el "zapping". Llegó un momento en que intenté ser honesta conmigo misma: o llevaba una vida egoísta dejándome llevar por mis impulsos personales, o construía verdaderamente una familia. Pero no es fácil conservar el entusiasmo que existe en la sencillez del día a día, cuando durante un tiempo uno deseaba tambalearse, viviendo una serie de pasiones que te llevaban al cielo, para luego sumirte en un pozo negro. Sin embargo, creo que la mujer que da la vida a sus hijos, también le da a su marido la plenitud de la vida a través de su amor.

Enriquecerse con las diferencias

Mi marido no está en IVI: durante un tiempo esto me molestaba pues tenía la impresión de que no caminábamos en la misma dirección, que no teníamos los mismos objetivos. Pero me di cuenta de que esto no era más que una pura ilusión. Yo necesito rezar, pero la vida espiritual es esencialmente la relación con los demás y esta relación con los demás también es importante para él: es generoso, abierto y toma a la gente tal y como es. Nuestros distintos caminos no nos dividen.