Home de Invitación a la vida Aprender a amar a los demás, a la tierra y a uno mismo
Aprender a amar a los demás, a la tierra y a uno mismo
Témoignages

Bulimia:
Reencontrar el sabor de la felicidad
Drogas, alcohol...:
Volver lentamente hacia la libertad
El paro:
Trabajar sobre uno mismo
Depresión:
Aceptar amar la vida antes de comprenderla
Empresa:
Los empresarios también tienen alma
Familia:
Educar a sus hijos es educarse a sí mismo
Perder a un hijo:
De la desesperación a la vuelta a la vida
Ser auténtico:
Un medio ineludible para conocerse

Testimonio > Drogas, alcohol, tabaco

Volver lentamente hacia la libertad

Adicta a muchas drogas, Jacqueline explica como ella abandonó todas estas “muletas” para conquistar una verdadera libertad.


Comidas excesivas, cigarrillos, drogas de todo tipo... tantos ingredientes que se consumen para ayudar a vivir cuando en realidad destruyen... “Adicta” a muchas drogas, Jacqueline explica como ella abandonó todas estas “muletas” para conquistar una verdadera libertad.

Todo esto comienza a los 15 años con una estúpida tableta de chocolate: mis innumerables hermanas y algunos hermanos con bulimia conocen el horror de no poder degustar un cuadrito de este producto consolador sin zamparse (no hay otra palabra) la tableta entera o coger un trozo de pan sin acabar la barra...

No hay colegio para aprender la inteligencia del corazón

A los 17 años pruebo mi primer cigarrillo: toso, lo encuentro asqueroso pero estoy tan mal en mi pellejo que, seis meses después, ya fumo dos paquetes al día. Aparentemente muy tranquila y más bien pava, salgo de un colegio donde, según parece, se fabrican personas inteligentes. Pero allí no se aprende la inteligencia del corazón. La soledad afectiva y la desesperación ante ese mundo hostil son tan grandes que necesito “reventarme” a toda costa: el primer porro, el mítico polvo blanco que os hace creer que la paz es de este mundo antes de aniquilarte. De nuevo el horror: los falsos amigos, el infierno del dinero, el miedo a la policía...

Y luego la suerte de encontrar una mujer que escucha mis preguntas incesantes, mis miedos, mis deseos, que no me juzga y no se cansa. Es Yvonne Trubert, fundadora de Invitación a la vida, que me recibe a veces, entre dos de mis viajes. Por un incomprensible instinto de supervivencia (y estoy segura por la fuerza de sus oraciones), encuentro el coraje de parar y superar las espantosas crisis de carencias. Pero la desesperación, bestia terca, sigue ahí cuando yo creía burlarme de ella con un sucedáneo no prohibido: el alcohol, condimentado con algunos medicamentos. Una noche de gran depresión, una mezcla explosiva whisky-comprimidos, me conducen directamente a un hospital.

La oración, un paraíso no artificial

es que no se pregunta mas si Dios existe o no, Él está ahí, se Le siente

Y luego... Dios. A mí, pobre drogadicta agnóstica, Yvonne pregunta si quiero participar en un grupo de oración. En el estado que es el mío, acepto.
Entonces viví la lenta pero milagrosa subida de una mosca errática que se pega contra la luz. Lo que es extraordinario en el aprendizaje de la oración, es que no se pregunta mas si Dios existe o no, Él está ahí, se Le siente. Para alcanzarlo, Él nos pide simplemente tener la humildad de aceptar y aprender. En la oración se desvela el absoluto que se había buscado sin éxito a través del colocón, un paraíso no artificial que hace renacer la vida. Dulcemente, esta vida toma al fin un sentido, yo entreveo la belleza del mundo, el potencial de amor de los que me rodean. Es a raíz de una peregrinación de Invitación a la vida en México que yo bebo mi último vaso de vino, y poco tiempo después será mi ultimo cigarrillo. Al fin puedo respirar, me siento ligera, invadida por una sensación desconocida que proporciona “una palabra de la que no se conoce el espacio”: la libertad.