Drogas, alcohol, tabaco

Una lenta recuperación hacia la libertad

«Enganchada» a muchas drogas, Jacqueline explica cómo fue capaz de abandonar todas estas «muletas» para conquistar la verdadera libertad.

Todo comenzó cuando tenía 15 años con una estúpida tableta de chocolate: mis innumerables hermanas, y algunos hermanos, que padecen bulimia conocen bien el horror de no poder comerse un cuadrito de este producto consolador sin zamparse (no hay otra palabra) la tableta entera, o de no lograr comer un poco de pan, sin acabarse la barra...

La inteligencia del corazón no se aprende en ningún colegio

A los 17 años me fumé mi primer cigarrillo: me hizo toser, tenía un sabor asqueroso pero me sentía tan mal conmigo misma que, seis meses después, ya me fumaba dos paquetes al día. De apariencia muy tranquila y más bien pava, había ido a un colegio en el que, al parecer, se formaba a personas inteligentes. Pero allí no aprendíamos la inteligencia del corazón. La soledad afectiva y la desesperación ante ese mundo hostil eran tan grandes que necesitaba «ponerme» a toda costa: el primer porro, el mítico polvo blanco que consigue hacerte creer que estás en paz, antes de matarte. De nuevo el horror: los falsos amigos, el infierno del dinero, el miedo a la policía...

Y después, la buena fortuna de conocer a una mujer que escuchaba mis preguntas incesantes, mis miedos, mis deseos, que ni me juzgaba ni se cansaba de mí. Esa mujer era Yvonne Trubert, fundadora de Invitación a la Vida, que me recibía a veces, entre viaje y viaje. Por un incomprensible instinto de supervivencia (y estoy segura que, por la fuerza de sus oraciones), reuní el coraje para parar y superar los espantosos síndromes de abstinencia. Pero la desesperación, bestia terca, seguía ahí, cuando yo creía haberla burlado consumiendo un sucedáneo no prohibido: el alcohol, condimentado con algunos medicamentos. Una noche en la que tenía el ánimo por los suelos, una mezcla explosiva de whisky y pastillas, me conduce directamente a un hospital.

La oración, un paraíso no artificial

Ya no nos preguntamos si Dios existe o no, Él está ahí, sentimos Su presencia.

Y luego...Dios. Yvonne me preguntó, a mí, pobre drogadicta agnóstica, si quería entrar en un grupo de oración. En el estado en que estaba, acepté.
Entonces, viví la lenta pero milagrosa recuperación de la mosca errática que se golpea contra la luz. Cuando estamos aprendiendo a rezar, lo que resulta extraordinario es que uno deja de preguntarse si Dios existe o no, Él está ahí, se Le siente. Para conseguirlo, Él nos pide simplemente que tengamos la humildad de aceptar y de aprender. En la oración, un paraíso no artificial que nos hace renacer a la vida, encontramos ese absoluto que habíamos buscado sin éxito en los colocones. Poco a poco, la vida cobró un sentido para mí, entreveía la belleza del mundo, el amor potencial de los que se encontraban a mi alrededor. En una peregrinación de Invitación a la Vida en México, me bebí mi último vaso de vino, y poco tiempo después, me fumé el último cigarrillo. Por fin, puedo respirar, me siento ligera, invadida por una sensación desconocida que me llena de «una palabra cuya magnitud desconocemos»: la libertad.