Depresión

Aceptar saborear la vida antes de comprenderla

Muy sensible, lleno de ideales y ávido de respuestas que le explicaran cómo funciona el mundo, Víctor sufrió grandes depresiones antes de hallar en sí mismo la llave del equilibrio, y de ser capaz de saborear la paz interior: para ser feliz no hacen falta acciones heroicas o espectaculares, basta con que llenemos cada instante de amor.

Hijo único de una familia de Berry (provincia francesa), mi infancia se desarrolló de forma aparentemente apacible en la ciudad de Châteauroux, cerca de una madre que no me privó de afecto, sino todo lo contrario, ya que me oprimió y mimó con un amor desmesurado. Demasiado sensible y ávido de lo absoluto, padecía de un exceso de idealismo que la realidad se ocupaba de contradecir a cada instante, cada vez más desfasada para con mi mundo interior. Cuando terminé mis estudios superiores, me hundí en una depresión nerviosa, curada, temporalmente, mediante terapias y medicamentos. Encontré un buen trabajo, pero debajo de este aparente éxito social, el problema seguía presente, un desfase intolerable entre el idealismo y la realidad, que me provocó una segunda depresión a la edad de treinta años. Después de este otro shock, ya no podía vivir sin calmantes. Los tomaba sin parar, los guardaba en los bolsillos de la chaqueta, en el coche, en mi abrigo, en los cajones de mi despacho... absolutamente aterrado ante la posibilidad de estar sin ellos. Me encontraba en una situación de total dependencia.

Mi necesidad de absoluto se transformó

Me atendió un medico que se tomó su tiempo para escucharme y que me ayudó a disminuir las dosis de tranquilizantes. Sin embargo, seguía existiendo en mi interior un profundo malestar que fue desapareciendo a lo largo de los años, a raíz de mi entrada en IVI, en febrero 1984. Siempre había buscado ardientemente y sin éxito una explicación a la vida, al mundo... La encontré a través de las palabras de Yvonne Trubert, fundadora de Invitación a la Vida. Su mensaje iluminó las zonas oscuras que se ocultaban en lo más profundo de mi ser. Sentí la evidencia de la presencia de Dios, la continuidad entre el amor humano y al amor divino, que puede expresarse en cada instante a través de las pequeñas cosas de cada día. Colmada mi necesidad de absoluto, esta reconstrucción me fue devolviendo la salud. Me llevó a romper mi idealismo, sin abandonar por ello, mis referencias sobre los ideales. El ideal nefasto es el idealismo que desprecia lo cotidiano, la sociedad. Con ese desprecio, uno se aleja de toda satisfacción. Dios es discreto, está presente en el silencio, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. Encontré la unidad, la coherencia con mi mundo interior y, en algunos momentos, una paz indecible.

Transformar mi manera de pensar mejoró mucho mi salud

Me casé en 1989. Mi madre no había facilitado mis relaciones con las mujeres, pero mi hostilidad hacia ellas desapareció. Mi grupo de oración me ayudó mucho: se trataba, esencialmente, de un grupo de mujeres y ¡yo era el único hombre! Progresivamente, descubrí, en este grupo, unas amistades que al principio no fueron evidentes. El amor de Dios se esconde al fondo de nuestras mayores incomprensiones y carencias.

Terminé aceptando mi sensibilidad desmesurada, que me vuelve vulnerable. Es un rasgo de mi carácter, un poco como tener los ojos verdes o marrones... Gracias a la dinámica de las oraciones que me rodean vivo una situación privilegiada, aunque no del todo consolidada en lo que respecta a equilibrio y armonía interior. IVI no es un seguro a todo riesgo ni una garantía de comodidad, es una aventura que exige mucho de nosotros. La transformación de mi manera de pensar ha mejorado mucho mi salud. Esta transformación interior ha atravesado unas fases muy intensas y rápidas, y otras etapas más pesadas, más largas, sobretodo los tres primeros años, marcados por avances y retrocesos. La transformación es permanente, luego llega el estado en que uno lo ve todo más claro, cuando uno ha desbrozado lo esencial de sus problemas. Hay que tomar el bastón del peregrino, avanzar con firmeza y abandonar la tierra de la introspección que ya carece de importancia... Entonces, comprendemos con claridad las palabras de Cristo: «Toma tu vida y sígueme.»