Bulimia

Reencontrar el sabor de la felicidad

Sofía ha conocido y vencido el doloroso engranaje de la bulimia, seguido de crisis de anorexia. Relato de un camino hacia el respeto de uno mismo...

Mi historia comienza en el seno de una familia bretona muy tradicional donde estaba mal visto manifestar ternura o cualquier otro tipo de sentimiento íntimo. En la época de los primeros flirteos, mi educación puritana no me había preparado en absoluto para vivir la aparición de la sexualidad, algo de lo que yo tenía una imagen muy negativa. Pensaba que la carne era algo sucio, quizás por eso mismo, fabriqué tanta cantidad: ¡Para aprender a amarla mejor!

Un tapón para calmar mi angustia

Mi bulimia empezó cuando entré en la escuela mixta de los hermanos Maristas en el curso antes del bachillerato. Viví un año muy difícil. Se me consideraba como un elemento perturbador que ejercía una mala influencia sobre los demás alumnos. Mi trabajo escolar se resintió por todo ello y tuve que repetir curso. Entonces, todo empezó a degenerar. Me puse a fumar como un carretero y a comer de una manera muy anárquica, alternando las crisis de anorexia con las de bulimia, en función de mis estados de euforia o de mis desengaños sentimentales. A los diecinueve años abandoné el hogar familiar para irme a vivir con Jacques. Con él, mi bulimia se instaló definitivamente: nos amábamos pero no lográbamos comunicarnos. Sencillamente, creo que no estábamos hechos el uno para el otro. Atiborrarme de comida servía para calmar mi angustia.

Pasiones devoradoras

Tras seis años con Jacques, me encontraba en una fase anoréxica, retirando de las ensaladas los granitos de arroz que podían hacerme engordar. Cuando nos separamos, caí de nuevo en picado en la bulimia. Comía desde por la mañana hasta por la noche: varios MacDonald’s, que detesto, patatas fritas, bombones helados, bebía mucho.... Vomitaba para poder empezar de nuevo y naturalmente comía, sobretodo, a escondidas. Nadie conocía mi problema. Me despreciaba a mí misma y cuanto uno más se desprecia, más come… Recuerdo haber pasado fines de semana enteros en mi casa comiendo, durmiendo y mirando la tele. Finalmente, se apaciguó el dolor de la separación y volé hasta Hong Kong para reunirme con un amante con el que viví una pasión caótica y devoradora... y al mismo tiempo, yo devoraba. Tras dos años de separaciones y desgarros emocionales, supe decir que no por primera vez en mi vida: no quería vivir así.

Mi cuerpo, templo sagrado

Cuando conocí Invitación a la Vida, volví a recuperar el deseo de rezar, algo que no hacía desde que tenía dieciséis años. Gracias a la oración, se atenuaron muchas de las angustias que me impulsaban a comer. Algún tiempo después, conocí a Antoine, mi futuro marido. Había ya cambiado lo bastante para no temer ni sus miradas, ni su ternura. Recuerdo la primera velada que pasamos juntos: había intentado vestirme bien durante más de una hora y al final me presenté vestida de cualquier manera... Pensé: "¡No importa! ¡Si verdaderamente es un hombre bueno para ti, no hace falta que te ocultes!" Creo que fue entonces cuando me rendí y puso los pies en la tierra.

Aprendí también a dejar de sentirme culpable: cuanto más culpable te sientes, más comes.

Ya no soportaba esa esclavitud, ese frenesí que me empujaba a salir a la calle a comprar comida de todo tipo, cualquier cosa... Llegó un momento en qué decidí aceptar mi cuerpo. La oración me salvó, me ayudó a ver mi cuerpo como el templo de Dios, como un receptáculo sagrado, como una iglesia que hay que mantener y cuidar para que el alma sea bella, en vez de convertirlo en un cubo de basura. Todavía comía mucho, pero ya no padecía crisis compulsivas. Aprendí también a dejar de sentirme culpable: cuanto más te culpabilizas, más comes.

Otra "técnica" que me ayudó mucho: pensar en toda la cadena de gente que produce los alimentos que llegan a nuestro plato. Al comer pan pensaba en el campesino que había cultivado el trigo, en la persona que lo había cortado, en el molinero que lo había molido para obtener la harina, en el panadero... Esa cadena de amor me venía espontáneamente a la mente y me obligaba a honrar todo lo que ingería.

Mi régimen: compartir el alimento con el amor

Antes de acceder a esta forma de sabiduría, probé toda clase de regímenes. El más equilibrado fue el Weight Watchers que seguí durante todo un año sin cometer un solo fallo. Durante ese año conté con apoyo y luego “me soltaron en la jungla” para obtener mi propia autonomía. El último día, a la hora de la despedida, convencida de que ya habia madurado, me zampé tres quesos de Camembert, dos barras de pan etc. Me veía estropeando un año de esfuerzos sin poderlo remediar. Entendí después que no había sido un año de esfuerzos, sino de voluntad. La voluntad no es lo que nos construye, lo que nos construye es confiarnos a Dios. La verdad no está en la presión, sino en la búsqueda de la libertad y del equilibrio. ¡Durante años me prohibí compartir las comidas para evitar comer demasiado! Los régimenes excluyen a los demás e impiden poder disfrutar de esa alquimia que existe cuando compartimos los alimentos con amor. Pensé: nunca más. Calcular las calorías es una trampa enorme: yo conocía los valores caloríficos de todos los alimentos que ingería. Superaba la barrera de los dos mil, de los tres mil...  Alimentarse no es una cuestión de cantidad sino de calidad. Hay que honrar lo que uno come, y no calcularlo.

Llena de la plenitud de la vida

Encontré un peso equilibrado después de mis partos, que me estabilizaron definitivamente. Con los embarazos me sentí "llena" de la plenitud de la vida. Probablemente, la comida siempre estuvo vinculada a mi intenso deseo de vivir la maternidad: con veinte años pensaba que era estéril debido a una tuberculosis genital. Pero hoy en día, Dios me ha dado tres niñas y, con ellas, la verdadera armonía. Ahora me siento totalmente libre frente a la comida, aunque sigo siendo muy golosa. Mientras pueda saborear esta felicidad, nunca volveré a ser bulímica... Puede pasar que me coma una tableta entera de chocolate, pero... ¡sin sentirme culpable! Mi marido es suizo; ¡su hermano puede llegar a casa con un kilo de chocolate de regalo! Anteriormente, cuando me regalaban comida, la tiraba toda a la basura porque me horrorizaba. La verdad es que es bueno recibir con amor todos los regalos que uno recibe... Además en ciertos momentos de la vida, necesitamos algo dulce, en otros momentos algo salado. Debemos dejarnos llevar por esas necesidades interiores que nos dicta nuestro cuerpo.

Todavía no he conseguido comer lentamente, saboreando: con los niños, ¡no es fácil! Pero sé que la solución no está en sentarme a la mesa diciendo: "Ahora voy a comer lentamente". Guardo este problema en un rincón de mi cabeza y lo confío a los ángeles y al Señor. Si la báscula señala uno o dos kilos de más porque me he pasado con la comida, también se lo confío. Creo que si «confiamos plenamente», la ternura hacia uno mismo es el mejor peso que podemos alcanzar.