Epopeya en Etiopía

Peregrinación, noviembre 2009

En Addis-Abeba, gran ciudad africana llena de polvo en la que los edificios modernos bordean las poblaciones de chabolas y dónde el cemento es omnipresente, emprendimos nuestro viaje por las rutas de Abisinia.  Éramos 220 peregrinos que con nuestras oraciones, repartidos en doce autobuses, viajábamos por los caminos del país. Al igual que los navegantes de otros tiempos, que se aventuraban por los mares, a bordo de sus carabelas descubriendo rutas hacia nuevas tierras, fuimos para descubrir un país nuevo y a nosotros mismos. Nuestro viaje es una verdadera epopeya que nos conduce desde el norte al sur de Gondar, en Lalibela, para finalizar el viaje a orillas del lago Langano. 

Hundida en la vida de las familias etíopes

Los paisajes que atravesamos son majestuosos. Las zonas altas tienen unas colinas cortadas y profundos valles con cultivos.  Por la ventana del autobús, veo desfilar los pueblos con cabañas redondas, cubiertas con unos techos de paja que tienen en la parte superior un cántaro de tierra, símbolo de fertilidad.  Hay casas por todos lados, en los campos de color dorado o de todos los tonos de verde, campos de teff, de café o de khat.

Aquí casi todo es redondo, las casas, los almiares de trigo, la comida.  En los campos, hombres inclinados, como en los dibujos de Courbet ó de Van Gogh, segan los cereales con la hoz. Los niños guardan manadas de corderos y de bueyes con cuernos gigantescos. Largas filas de hombres, de mujeres y de niños, calzados con sandalias o descalzos, van andando por los caminos.  Pequeños caballos nerviosos con arreos adornados con telas de color rojo, caracolean. A nuestro paso, todos nos sonríen y nos saludan. De vez en cuando, cruzamos una manada de camellos que nos impiden el paso. Por el camino, vemos carretas tiradas por burros que transportan sacos con ramas de eucaliptos o de cereales; pequeños autobuses de la marca Toyota que aquí llaman “Al Quaida” por su manera de conducir rápida y peligrosa; y los grandes camiones internacionales que avanzan lenta y penosamente.  Todos los demás vehículos les adelantan, a cual más rápido, incluso en las curvas. Los accidentes son frecuentes. Presenciamos varios.

De Addis Abeba, llegamos a Bahir Dar.  Somos demasiado numerosos para poder alojarnos en un solo lugar y debemos repartirnos en varios hoteles y pensiones. Existe un gran contraste entre el bonito hotel del lugar y el hotel africano. Desde el balcón del hotel del Nilo Azul, situado en el centro de la ciudad, me adentro directamente en la vida de las familias africanas. Son las seis de la mañana y, a mis pies, una mujer vestida con un traje tradicional, compuesto por una falda larga y un gran velo blanco, se lava, agachada frente a un balde de agua. Los niños juegan sobre un viejo baby–foot que parece estar ahí por casualidad, delante las casas construidas con cemento de mala calidad y chapa ondulada. Los hombres se cruzan saludándose, sin remilgos. Quizás, hoy sea uno de los muchos días festivos dedicados a la Virgen (hay 33 al año), a San Miguel, o a cualquier otro santo. Ese primer día, por la tarde, hacemos vibraciones debajo de un árbol inmenso. Me pongo cuerpo a cuerpo con él. Puedo sentir como sus numerosas raíces se hunden profundamente en la tierra, mientras su corona se eleva, grandiosa, por encima de mí.

Al igual que ese árbol, uno el cielo con la tierra.

Un momento mágico

Atravesamos el lago Tana para llegar a una isla en la que hay un monasterio.  Es una construcción circular de barro con techo de paja, nada ostentosa.  Pero los tesoros están en el interior: una sucesión de frescos del siglo XVIII que representan varias escenas bíblicas.  Los rostros tienen los ojos muy grandes de pupilas e iris negros. Cuando volvemos hacia el embarcadero, hay una hilera de vendedores de recuerdos religiosos que intentan llamar nuestra atención. Compro algunas cruces de níquel, un icono de María y también unos pequeños barcos de madera de junco que venden los niños.

A lo largo del viaje, vemos centenares de niños. Tienen unos ojos grandes y vivos como los de los iconos y unas sonrisas maravillosas. Suelen mendigar a la entrada de las ciudades. Nosotros somos ricos, ellos son pobres y nos dicen: “¡Bolígrafo! ¡Bolígrafo!” Solemos darles nuestras botellas vacías que les servirán de cantimploras  para el colegio. Lo que sea para que no se conviertan en pequeños mendigos.  En los campos, nos reciben con un entusiasmo desbordante. Cuando pasa nuestra caravana, ellos bajan de las colinas, dejan a sus animales y agitan las dos manos para saludarnos. Nos siguen formando una comitiva.

En una parada para poner gasolina, algunos niños se hacen masaje delante la puerta entreabierta de nuestro autobús. “¡Bolígrafo! ¡Bolígrafo!” exclaman. Unos pocos nos hemos quedado dentro del vehículo y, en vez de cerrarles la puerta, les cantamos un Ave María. Nos escuchan asombrados.  Después les pedimos que nos canten una canción en amhárico.  Tehodorus, nuestro guía, está con nosotros, y es el eslabón que nos une a ellos. Nos hace de traductor. Uno de los niños, al principio dudando, se pone a cantar. Tiene una voz tímida pero armoniosa. Como le damos algunos bombones para agradecerle la canción, otro niño se pone a cantar. Después otro, muchas sonrisas, risas.  Durante media hora vivimos un momento mágico. Al final, hay más de treinta niños amontonados enfrente del autobús, y respondemos a sus canciones con otros nuestros, para terminar cantando todos juntos. Unidos. Es un momento de autentica unión.

Reyes míticos, la grandeza de otros tiempos

En Gondar, visitamos la ciudad real construida en el siglo XVII por el rey Fasilidas y sus hijos Johannes y Yassou.  Reyes míticos, grandeza del pasado. Hasta Fasilidas, los reyes etíopes descendiente del rey Salomón y de la reina de Saba, se desplazaban en campamentos nómadas. A la puesta del sol, los castillos de Gondar se parecían sorprendentemente a los castillos celtas. Parecía que estuviésemos en Escocia o en Irlanda. Actualmente, la piedra está desnuda, sin ornamentos. Antiguamente estaba decorada con oro, plata y marfil, nos explica nuestro guía. Pero los italianos pasaron por ahí durante la Segunda Guerra Mundial, después los ingleses con sus bombardeos.

Lalibela.  Doce iglesias esculpidas en la roca en el siglo XII por el Rey Lalibela. La leyenda dice que los ángeles ayudaron a excavar las iglesias, y que venían a trabajar durante la noche. Es un sitio extraordinario dónde cada nombre (Betlem, la tumba de Cristo, el Jordán, la iglesia del Golgotha, Tehsemania) recuerda Jerusalén. Pero aquí se trata del Nuevo Jerusalén, en un país que no está dividido por ninguna guerra entre hermanos. Nos quedamos un día para poder visitar el lugar.

Mientras que nuestras iglesias han sido construidas de abajo a arriba, apuntando hacia el cielo, hacia Dios, las iglesias de Lalibela fueron esculpidas desde arriba, en la roca volcánica. Están impregnadas de Dios, en la tierra. La energía telúrica no es la que se eleva hacia el cielo; es la energía cósmica la que baja hacia la tierra-madre. En todas esas iglesias reina una atmósfera silenciosa. Las alfombras están esparcidas por el suelo, en los muros, unos frescos magníficos se mezclan con pinturas de santos. Por los rincones, hay objetos de culto heteróclitos. Varias mujeres rezan sentadas o arrodilladas.  En todas partes, la cruz cristiana cohabita con la estrella de David y la Svástica.

En la iglesia de María, hay un pilar central cubierto de cortinas. La tradición dice que Cristo se apareció aquí al rey Lalibela dejando sobre ese pilar la historia de la humanidad, del alfa al omega. El mundo desaparecería si esa historia fuese revelada. Asistimos a una fiesta en honor a María. Unos sacerdotes vestidos de blanco cantan, leyendo unos textos sagrados y tocando grandes tambores.

Una epopeya extraordinaria

Desde Labilela, nos dirigimos hacia el sur, hacia el lago Langano, última etapa de nuestro viaje.  Bajamos por la colina dónde fueron excavadas las iglesias. El camino está repleto de curvas cerradas. Percibo en una de las curvas nuestro rosario de autobuses. Tengo la sensación estar viviendo una epopeya extraordinaria.

En mi autobús, somos veinte con nuestro guía Theodoros y nuestro chófer Tzagai. Somos de varias nacionalidades. El viaje es difícil, las etapas son a veces muy largas y llegamos por la noche, tarde, a hoteles sin estrellas, para partir de nuevo, mucho antes del alba, por los caminos. La falta de comodidades y el cansancio, originan algunos estados de nervios pero, más allá de los pequeños problemas que van surgiendo, un vínculo va naciendo entre nosotros. Todos somos distintos pero estamos unidos por la oración y, kilómetro tras kilómetro, ésta va cimentando nuestras almas. Se instala la dulzura. Los testimonios de las últimas horas son muy fuertes y revelan las heridas profundas de cada uno de nosotros, seguros de que expresar esas heridas nos conducirá a la sanación a través del amor. Para mí, el lazo de amor que nos une es idéntico al que une las partículas ínfimas de la materia, es el lazo de la Vida. Yvonne nos recordó esa ley cósmica fundamental.

En Langano, permanezco dos días en cama. Siempre tuve miedo de ponerme enferma porque, al igual que con mi cuerpo decadente, las barreras mentales que fabriqué para canalizar el dolor en la adolescencia y seguramente, cuando murió mi hijo, se derrumban y me encuentro expuesta, desnuda. El primer día, lloré mucho tiempo en la cama. Experimenté una autentica limpieza en cuerpo y alma.  Soy la única enferma del autobús, terapeutas y voluntarios se turnan junto a mi cama. Las atenciones de unos y otros me conmueven profundamente y si sabia que era amada, ahora ya lo sé… ¡Para que el cuerpo sane, qué importante es que el alma se sienta amada!

El segundo día en Langano, me levanto y disfruto de la dulzura en la orilla lago. Unos doce de nosotros, sentados cómodamente en nuestras sillas frente al agua de color café, por la que se deslizan grandes pelícanos blancos. Todo está  tranquilo.

Mover montañas con la oración

Hemos venido numerosos a Etiopía, a las fuentes de la cristiandad, a este país africano tan auténtico, lleno de paisajes magníficos y de niños de grandes sonrisas. Con la fuerza de nuestras oraciones, tengo la sensación de que hemos movido montañas. Para mí, esta peregrinación es distinta de las otras.  Muy difícil en el plano físico, pero parecía que nos impulsase un soplo divino.

También, creo que estuvimos muy protegidos. De vuelta a Francia, hablo con un botanista que viaja por todo el mundo a causa de gran pasión por las plantas y que ha estado dos veces en Etiopía. Le gusta mucho este país por la riqueza de su flora. «Pero es un país peligroso, me dijo.  He viajado una sola vez de noche por los alrededores de Harare y una bala de pistola atravesó mi Land Rover.» ¡Si supiese los centenares de kilómetros que hicimos de noche! No le conté. Tendría que haberle hablado de los ángeles también, sin lugar a dudas…

Lucie