“Yvonne Trubert daba una nueva vida a las palabras de Cristo” por el Padre du Plessis

Ordenado sacerdote en 1943, François du Plessis fue capellán de un maquis de la Resistencia, profesor de seminario, vicario en los barrios populares, sacerdote-obrero-ajustador y cura de una parroquia de Issy-les-Moulineaux (Francia); también visitó las prisiones durante veinte años. Su combate para crear un mundo más fraternal siempre ha estado basado en una fe sólida y en una búsqueda profunda de la verdad, de la compasión y de la justicia, más allá de todos los juicios y de las ideas recibidas.

« La primera vez que oí hablar de Invitación a la Vida fue en el contexto, de un boca-en-boca malintencionado e hipócrita. No obstante, algunas mujeres que conocía hallaban en esa asociación su fuente espiritual, pero ellas no me decían mucho más. Entonces, – era en 1994, me parece - decidí  informarme porque, cada vez que interrogaba a uno de mis colegas sobre este tema, los mismos propósitos negativos llegaban a mis oídos, a pesar de que ninguno de esos sacerdotes podía haberse hecho una idea real de Invitación a la Vida, al no conocer de cerca su realidad concreta.

Una de las personas que yo conocía en IVI me invitó a asistir a un coloquio que la asociación organizaba en Sevilla. ¡No fue un viaje de placer! Llovía mucho y bajo las carpas donde dormíamos hacía frío. El coloquio duró cinco días. Y cinco días bastan para descubrir el equilibrio o la intolerancia de un grupo humano. Había al menos 150 participantes y 26 naciones estaban representadas. Pasé una semana extremadamente interesante. Me sedujo la acogida recibida, tan sencilla y calurosa, la calidad de los conferenciantes que abordaban temas de actualidad como la de la violencia de los jóvenes, uno de los temas escogido para esos días. La traducción simultánea en cinco idiomas ponía de manifiesto la diversidad de los orígenes de los participantes y la apertura al mundo de Invitación a la Vida.

Un enriquecimiento espiritual incontestable

Cuando supe que todas las mañanas a las 6.30am se rezaba el rosario en grupo, me uní al grupo. Asimismo, me propusieron concelebrar la misa con un sacerdote alemán, algo que, por supuesto, acepté. Pude comprobar la calidad y el grado de la participación espontánea de los congresistas, particularmente carente de demostraciones intempestivas de fervor. El rosario se rezaba con autentica piedad y profundamente, en intimidad con Dios.

Me fui de Sevilla, en dónde sólo estuve a título personal, con el sentimiento de que IVI no sólo no estaba marcado por ningún tipo de sectarismo, sino que además, esta asociación ofrecía a sus miembros, en un clima de verdadera fraternidad, un enriquecimiento espiritual incontestable.

De regreso a Paris, no recibí ninguna solicitación particular para hacerme miembro de la asociación, pero cada vez que tuve la oportunidad, participé en una u otra reunión, en las que el rosario siempre era rezado por más de cien personas. La calidad de esa oración en grupo seguía impresionándome profundamente.

Un gran sentimiento de paz

Entonces expresé el deseo de conocer personalmente a Yvonne Trubert. Me dio una cita que renovamos por lo menos tres veces. Muy pronto, pude apreciar en ella, lo mejor que podemos encontrar en muchos cristianos que viven en una unión permanente con Dios, sin jamás hablar de ello, o en todo caso, poco. Me encontré con una mujer muy cariñosa, equilibrada, que tenía una profunda vida interior. ¡Por su puesto que no le hice ningún un examen de teología! Pero ella contestaba a todas mis preguntas de forma pertinente. ¡Quizás tuviese poca cultura pero nunca dijo ninguna herejía! Así pues, puedo afirmar que cada vez que me separaba de Yvonne, me iba con un gran sentimiento de paz. No era la imagen que me habían transmitido las habladurías de los pasillos. Tras 66 años de sacerdocio, no me suelo equivocar cuando miro a las personas.

Cuando me entere que había fallecido el pasado agosto, me encontraba en París. Exprese mi deseo de concelebrar la misa de su funeral con el cura de la parroquia. Él tenía que decir la homilía pero, antes de la misa, me dijo que no conocía personalmente a Yvonne Trubert. Me asombró que ningún sacerdote se hubiese desplazado a propósito a un entierro al cual asistían más de mil personas (esa cifra me fue confirmada por la sacristía de la iglesia San-Juan-de-Chantal) a parte del Sacerdote de la parroquia, cuya homilía fue profundamente apreciada por todos con los que hablé después. Yo conocía a bastantes personas de IVI, profundamente espirituales, y me sorprendió mucho el hecho que no hubiese ningún otro sacerdote en el funeral.

Cada vez que dejaba a Yvonne, sentía un gran sentimiento de paz. No era la imagen que me habían transmitido las habladurías de los pasillos. Tras 66 años de sacerdocio, no me suelo equivocar cuando miro a las personas.

Una misión particular

Todos los comentarios negativos que he escuchado sobre IVI están fundados sobre rumores. El objetivo de la existencia de una lista de grupos que la Asamblea Nacional denomina sectas, consiste en prevenir al publico en contra de una serie de movimientos calificados como sectarios pero, la base de estas acusaciones no siempre es real. Creo que las acusaciones esgrimidas contra IVI son injustas. El integrismo agrede sin cesar el carácter ortodoxo de los cristianos que aman a su Iglesia, la de Cristo, y también su libertad para poder expresar aquello que verdaderamente les preocupa, porque creen en el Espíritu Santo en cuyo nombre han sido bautizados.

Yvonne Trubert transmitía, a los hombres y a las mujeres que la escuchaban, una nueva vida a las palabras de Cristo. Una mujer como ella es irremplazable, y nadie puede considerarse apto para ocupar su lugar. La suya fue una misión muy particular, como lo es la de todos y cada uno de los que formamos la Iglesia de Cristo. Ella tocó a muchos con su gracia. El futuro de IVI dependerá de la constancia y de la perseverancia en la oración, y del espíritu de fraternidad entre todas y todos aquellos que recibieron su testimonio.

Padre François du Plessis